
Tratando de escapar del mundo me encontré con cierto amigo que no veía hace mucho tiempo, pero de quien me habían hablado tristemente.
- Tengo miedo a morir – fue lo único que atinó a decir.
“¿Qué más irá a quedarle a tu alma – pensé – después de haber permitido que entren en tu ser los espectros de la putrefacta creación, ángeles de la miseria, que diezmaron tu verdadera razón, al punto de terminar despreciándote a ti mismo?. No te queda pues, otra opción más que pensar en tu fin y con ello terminar el trabajo”
- Sígueme – le dije – a ver si logras soportar conocer los misterios del abismo.
Y me precipité a través de la locura y el odio, la destrucción y el terror.
Él me siguió.
Al séptimo día arribamos a las estepas de hielo, una extensión blanca hasta donde alcanzaba la vista. No nevaba, no hacía frío, pero sabíamos que de ahí en adelante nada podría salvar nuestros corazones de morir congelados.
Caminamos por la estepa durante horas. Los pies desnudos, sangraban con el duro hielo.
Llegamos al amanecer del octavo día a las faldas de una montaña. Decidimos descansar y esperar las fuerzas que nos traería la noche.
- Falta poco para la sima – tranquilicé a mi amigo.
Él no me contestó. Podía ver aún en sus ojos el miedo supremo.
“Pobre – pensé – esta será su última estación”
Una vez caída la noche, decidimos rodear la montaña.
Al otro lado encontramos el mismo paisaje, sólo adornado por lo que parecía una cabeza gigante sobresaliendo del hielo.
Al acercarnos más pude comprobar que en realidad era un hombre gigantesco, que permanecía enterrado en la nieve hasta la altura del cuello. Tenía la cara completamente desfigurada por cicatrices, aunque seguía imponiendo cierto aire de respeto.
Creí ver en los ojos de mi amigo algo como reconocimiento.
- Buen hombre – le dije al gigante - ¿cómo podemos llegar a nuestro destino?.
- No se preocupen por eso aún – me respondió – es mejor que se arrepientan y regresen todo tiene su tiempo.
Sorprendido, me di cuenta de que mi compañero hablaría por primera vez desde que emprendimos el viaje.
- No eres tú el más indicado para aconsejarnos el camino a seguir, tú, que bien eres castigado por traición.
- ¿De qué demonios hablas? – le pregunté.
Mi amigo no pareció escuchar.
- Maldito seas, rey de los fieles. Has hecho borrosa mi mirada, has entorpecido mi mente, todo para internar en mí el germen con el que querías destruir a la humanidad. Me has traicionado, enseñándome la confianza, fuente de toda corrupción; has sido capaz de incluirme la fe, que destruye a la vida misma y a los que creen en ella; me has hecho creer que la esperanza habría de sostenerme, que mientras ésta me destrozaba la voluntad y el libre albedrío me estaba acercando cada vez más al reino de los cielos. Me has corrompido hasta lo más profundo; ¡mírame!, no soy más que un espectro de carne para quien la vida acabó hace tiempo, un muerto vivo a tu servicio. Por todo esto te escupo, y te torturaría hasta la muerte, si no fuese porque tu cobardía lo ha predicho te has protegido de toda agresión inculcándonos respeto y temor hacia ti.
Luego de unos momentos de intenso silencio, mientras mi compañero lloraba lágrimas y el gigante lloraba sangre, decidí intervenir.
- Amigo mío, quizá conocí a este hombre hace tiempo, pero ya no lo recuerdo. Pero si me dices que él ha sido el causante de tu desgracia, y tú no eres capaz de ajusticiarlo, me ofrezco gentilmente a acabar su existencia.
Tuve que detenerme. La faz del gigante comenzó a relucir de una forma que se asemejaba a los efectos en una mala película, mientras su mirada parecía aprobar completamente mis dichos.
- Morir. Sí, es cierto. Lo merezco. Creo que sólo así podrán vivir tranquilamente. Sólo así serán inculcados nuevamente los principios que al parecer han olvidado. Renovar el poder del amor, la fe absoluta, la esperanza de un futuro mejor. Milenios he esperado este momento. La última alianza.
“Ahora hijos míos, pueden concluir todo.
Señaló con un gesto a mi amigo.
- Tú serás perdonado de todas tus injurias, ya ves que te comprendo. Cualquiera actuaría así ante un mundo como este. Ven aquí, siéntate a mi lado, que cuando nos encontremos nuevamente serás reconocido y tuya será la gloria.
Luego me señaló a mí.
- Tú serás el que cumpla el cometido, el héroe. Más temprano que tarde te sentarás a mi derecha en la última morada, mi reino.
Finalmente a ambos.
- Crean en mí y suya será la vida eterna.
Esta última frase fue como la gota que cae en un estanque calmo. Desencadenó en mí una serie de recuerdos que, yo pensaba, tenía superados. Por fin pude darme cuenta de todo. Tenía ante mí a un loco que sólo pensaba en mi destrucción y la de todos los humanos. Y me pedía que lo liberara.
Miré a mi compañero. Yacía junto al gigante, y le besaba las mejillas, llorando.
- Aún no he perdido la verdadera razón – les dije.
Y sólo atiné a correr hacia el horizonte. Corrí, corrí y corrí, como alma que lleva el Diablo. Siete días más por la blanca estepa, para llegar finalmente al límite de todo. Aquí se me dio a elegir el camino definitivo. Se me hizo fácil decidir que debía ser el lugar de donde venía.
2 comments:
Interesante...
Me gusta el lenguaje mitológico de alguans arengas. vi muchas imágenes interesantes al leerlo.
a por el guión!!
un abrazo!
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